Al otro lado de la venta se extendía el mundo que veías cada mañana. Esta vez, uno de tus colores había manchado el cielo. Quisiste trepar a la cornisa y aventarte, pero aún te daba miedo la gravedad. En el sueño, una voz te dijo que no existía el piso, que solamente habían capas invisibles por las cuales podíamos correr hacia el horizonte. El pan empezó a oler. Bajaste con tus pies desnudos y encontraste a tu abuela. Tenía el cabello tan blanco que se te antojaba perderte en sus colinas suaves y blancas.
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